martes, 7 de junio de 2011



Un museo es un espacio de miradas conciliadas.  Enaltece, dispone sus muros para honrar a los artistas. Propone lecturas, educa; dcide qué ver y que no ver. Es la voz experta del estado o las grandes corporaciones que como el rey Midas vuelven oro todo lo que tocan. Es, desde luego el administrador de una riqueza cultural y el gran espaldarazo en la carrera profesional de los artistas. Es el oasis fiscal para altruismos emergentes y el botín de Guerra de las superpotencias que han gobernado al mundo de unos siglos a la fecha.
   Es el espacio  que tiene el don de darle vida eterna al  valor de una obra que sobrevive a su creador.¿Quién puede no respetara esta iglesia?.
  Las sensibilidades anarquizantes del xafé Voltaire estaban enteradas de este totalitarismo. Se confecciona un atentado: La Fuente, firmada por R. Mutt. Su detonación quebraría una condición escencial: su neutralidad aparente expresada por el silencio de sus arquitecturas.
  El urinario no tuvo suerte . Si algún despistado lo hubiese insertado en el toillete del edificio consagratorio, el gesto de Duchamp tendría vida en una anédota. Se reflexionaría y se actuarya respecto a esa condición censora que aplican los individuos unos contra otros. Se habría pensado en otras condiciones y funciones para la obra y sus espectadores. Mientras tanto, el urinario yace en su consagración irradiado  por spots como fósil de los gestos modernos. Es el trofeo de la institución que logró institucionalizar la anti-institucionalidad y Don Marcel pasó de liberatrio a patron estilístico.
      Hoy en día y siguiendo ese patrón algunos adminstradores culturales hacen un llamado a los artistas para que sean críticos, politizados, no convencionales, alternantes con sus espectadores, etc. En pocas palabras que prediquen. Solo, podríamos añadir que el efecto Midas hace ineficiente su solicitud: cuando a la ética se le da trato de ornamento, no se le puede digerir.
     La república platónica se ha posado en la cabeza de algunos curadores que han decretado al preeminencia de la idea sobre la material. Esos puritanos quieren sacar la pintura de los museos como sus ancestors espirituales lo hicieron de las iglesias.
    El éxodo que inician los pintores jóvenes los ha teñido en su nostalgia. Mónica Contreras camina de la mano de Seredam para ver en estos templos su condición original de espacio. Para medir su luz y desde su pintura, conciliar al escultor con el arquitecto. Por medio de éstos motivos, nuestra pintora hace un ejercicio mimetico de lo fantástico. Este desocultamiento de la modernidad, conlleva un modo específico de la artista para hacer uso de la pintura en tercera persona y para hablar de los estilos prescindiendo de los lugares communes de lo que en otro tiempo se llamó posmodernismo.
   La lógica de la pintora emplaza unjuego doble: por un lado habla en reversa al hacer uso del genero del interior utilizando la perspectiva, la luz, la veladura, es decir, los medios ilusionistas que la modernidad despreció durante un siglo. Por otro lado, Mónica emplea el rcurso de la post-posición: es decir, no interroga directamente al autor que cita, ni su pintura adquiere el cuerpo problemático del otro, sino que es integrado como un motivo. Incluso se da el gusto de corregirlos para fundar su espacio adecuadamente.   
    Este juego doble funciona como una balsa de rescate: el estilo Giacometti no es una manera peculiar de hacer figures, sino una interrogación fenoménica del espacio que solo por ese  estilo podemos ver. Postponer la adquisición Giacometti  es en este caso su reactivación en tanto que espacio llevándonos mas lejos que a la mera cita. Las postposiciones y reversas de Mónica Contreras refundan la condición  proyectiva de esos estilos.
   Al hablar del museo como espacio es inevitable también pensarlo como tiempo. Cuando  Hupert Robert fantaseaba con los edificios graves de su tiempo como las ruinas que deleitarían la charla arqueológica de las cortes del futuro, parecería una necropsia otpimista. Este pintor fantaseaba con la idea de que su cultura podría devenir en un clásico. Mónica en cambio ve estos mausoleos como refrigeradores de un eterno presente.
   Su Mirada al espacio de la arquitectura es clínica y es inafectada para darle ala modenidad un trato necrológico dentro de esos cementerios de estilos. Este proceder era el idicado para que su trabajo mantuviera el equilibrio: si se cargaba a la cita, no hubiera pasado de ser una variable más de un eclecticismo frívolo. Y si el peso se dirigiera a desnudar sus espacios de motivos para enunciarse como puro no sería mas que un alarde sobreestilizado.
   Es difícil ver en un artista joven esta capacidad para escapar a las trampas. Pero no es la mayor habilidad de Mónica Contreras. Al recrear estas formas en estos escenarios, consigue restituirles su mayor atributo, el enrarecimiento. Donde queda expuesta su condición distorsionante. El retrato que ella hace de la cosa entre las cosas nos acerca a la mirada de su primer creador y efectivamente, acercarnos a la sorpresa original de quién ha visto por primera vez un engendro con piel de metal, de piedra y de barro.

                                                               ULISES GARCIA